jueves, 16 de febrero de 2017

Breve esbozo sobre la piratería en el Mediterráneo

Pirata ilírico
“Gentes ferae et magna ex parte latrociniis maritimis infames”
-Tito Livio

Durante el final de la República la piratería era un mal endémico y brutal que afectaba a casi todo el Mediterráneo. Por ello, Augusto, tras la guerra civil y el restablecimiento del orden con el Imperio, se jactaba de haber limpiado los mares romanos de piratas –en latín praedonibus-. Sin embargo, es un hecho que la piratería nunca desapareció del todo. A finales del siglo II la piratería aún se practica, aunque no con la misma fiereza e intensidad de antaño. Sin embargo, durante el siglo III se incrementará sustancialmente.

¿Quiénes se dedican a la piratería?
La mayoría de los piratas lo son a tiempo parcial: pescadores desesperados o sin escrúpulos que necesitan alimentar a sus familias; mercaderes que aprovechan alguna circunstancia singular, que abordan pequeños navíos o secuestran a pasajeros ricos; e incluso campesinos de interior deseosos de escapar del duro trabajo en las villas; gente desheredada de las ciudades buscando una salida a su miseria; salteadores de caminos que cambian la tierra por el mar en verano; así como simples aventureros en busca de botín y emociones fuertes. Pocos son los piratas “profesionales”, pocos los que viven solo para la piratería.
Sin embargo, siempre los hay que viven y mueren por el mar, disfrutando de la libertad y el riesgo, el botín y la esperanza de un futuro de riquezas.
Otro motivo por el que la piratería suele incrementarse es la guerra, especialmente las guerras civiles en el Imperio. Aguas revueltas, ganancia de pescadores, que suele decirse. Cuando la marina romana y las legiones están distraídas y enzarzadas en sus guerras fraticidas, los piratas se hacen a la mar, hacen acopio de valor y se dejan llevar por la osadía, atacando con mayor audacia y temeridad, lo que incluye pequeños puertos desprotegidos o barcos mercantes de gran calado.
Sucede a menudo, también, que los derrotados en cualquier guerra, si tienen ocasión y oportunidad, toman alguna localidad portuaria que convierten en un nido de piratas, hasta que las autoridades acaban con sus actividades.

La mentalidad de los piratas según el imaginario romano
Incivilizados, rapaces, libertinos, lujuriosos, jactanciosos, hoscos, indisciplinados, supersticiosos.

¿En que mares y costas es más habitual la piratería?
Aunque pueden encontrarse piratas en cualquier “charca”, las siguientes costas destacan por su actividad pirática:
  • Los mares cercanos a las islas mediterráneas, especialmente en primavera y verano, así como costas poco pobladas, donde suele haber saqueadores ocasionales. Algunos pescadores y campesinos encienden durante la noche hogueras para despistar a los barcos, buscando que naufraguen cerca de la costa para saquearlos.
  • Las costas de Cilicia, donde la piratería es una tradición nacional. Muchos de los piratas se ocultan en invierno y durante los periodos de inactividad en las montañas cercanas a la costa –los montes Tauro-. Una fortaleza natural. Muchas veces, las autoridades para acabar con los piratas, deben atacar estas montañas y reducir a los piratas en sus refugios.
  • La costa Ilírica, que goza de innumerables islas –cercanas al millar según Plinio el Viejo- y puertos naturales, perfectos como escondrijos de los veloces lemboi y las ligeras liburnas. Esta costa en un laberinto, además, sus piratas suelen gozar de la ayuda y favor de las gentes del lugar. De esta región es originaria la liburna, navío ligero que puede disponer de varios órdenes de remos.
  • El Ponto Euxino, el actual Mar Negro, que no es un mar romano en su totalidad, aunque la costa norte está dominada por el reino del Bósforo, aliado tradicional de Roma; y el Helesponto, el mar de Mármara, entre Europa y Asia. No son pocos los que viven de la piratería en esos mares, especialmente los heniochoi, zygoi y achaei –bárbaros-, que actúan en sus pequeños, ligeros y maniobrables botes llamados kamarai, con capacidad para 20 o 30 tripulantes. No pocas veces actúan “compinchados” con las autoridades corruptas de algún puerto.
  • La costa mauretania, que hace a los mauros, motivados por la necesidad económica y la envidia de su rica vecina, la Bética, piratas estacionales que incluso se atreven a adentrarse tierra adentro.

¿Qué tipos de barcos emplean?
En tiempos del Imperio lejos quedan aquellas flotas de piratas cilicios, o de otras costas del oriente mediterráneo. Ligeras liburnas, veloces lemboi, barcos de pescadores de todo tipo, los pequeños kamarai…, suelen ser los navíos más comunes empleados por estos criminales. La mayoría barcos relativamente pequeños si los comparamos con los de la flota romana. Los piratas buscan presas sencillas. No tienen problema alguno en ocultarse en recónditas calas, escondiendo sus pequeños barcos en casi cualquier costa. En otras palabras: si les es posible, huirán ante cualquier barco de guerra. Las posibilidades de terminar en el fondo marino son demasiado probables.

Navegación: la liburna
Galera originaria de Liburnia, aunque su uso se ha extendido por casi todo el Mediterráneo, incluyendo ríos como el Rin o el Danubio, ya que es habitual en las flotillas romanas. Su principal misión es la de patrullar las costas. Puede variar de longitud, pero lo más habitual es que tenga algo más de cien pies de eslora –unos treinta metros-, y quince pies de manga –algo más de cinco metros-. Las maderas más empleadas para la construcción de estos navíos son el roble y la haya. Tiene un mástil central, una vela de proa y un castillo de popa. Provisto además de un espolón –ariete naval- para golpear a los barcos enemigos. Es más ligera y maniobrable que una trirreme. Suele tener un solo orden de remeros, con veinte remeros por lado, por lo que una liburna de un solo orden de remeros tiene cuarenta remeros (Nota del autor: nada de esclavos como nos muestra Hollywood; se trata de voluntarios pagados en los navíos particulares y marinos profesionales en el caso de las flotas romanas). Algunas liburnas tienen dos órdenes de remeros, por lo que se incrementa hasta más o menos ochenta remeros. Además de los remeros, la tripulación puede constar de unos treinta a cincuenta hombres, lo que puede incluir soldados, viajeros…, o bien, espacio para mercaderías. A vela puede alcanzar los catorce nudos y la mitad a remo.

Liburna
¿Qué botín es el más buscado?
Contrario a lo que pueda pensarse, los piratas no suelen buscar las riquezas más evidentes –joyas, moneda-, ya que son difíciles de obtener. La mayoría de los pasajeros no suelen llevar grandes cantidades encima. Los honestiores y adinerados siempre, salvo alguna rara excepción, llevan fuertes escoltas y si tienen influencia pueden solicitar ser transportados por un barco de la marina romana.
Por ello, lo más sensato y beneficioso suele ser atacar barcos mercantes y robar las mercaderías más comunes: vino, aceite, telas variadas, garum… y venderlo en puertos donde la política aduanera sea laxa; y por supuesto, esclavos. Suele ser la parte del león en el botín. La venta de esclavos en el oriente romano es muy lucrativa, y los escrúpulos respecto al origen del esclavo son inexistentes.
Una práctica habitual tras el saqueo de un barco mercante es prenderle fuego. De ese modo no se dejan vestigios de lo sucedido. Las autoridades y los armadores pueden pensar que el barco simplemente ha naufragado por causas naturales.
Los piratas más avispados tienen “agentes” en las tabernas portuarias, donde a base de entumecer a los marineros con vino y otras distracciones, se enteran de las mercaderías más lucrativas de los mercantes, sus rutas, y si llevan a algún personaje de alcurnia, para secuestrarlo y pedir un razonable botín, una práctica habitual y que por ordinario se cumple: raro es el pirata que quebranta su palabra en esta cuestión.

Una táctica sencilla de ataque
Lo más habitual es que el barco dedicado a la piratería se oculte en alguna cala o cueva en el litoral, avistando a lo lejos, oculto a ojos curiosos, la travesía de algún barco mercante. Para ello se buscan escondrijos cercanos a las rutas comerciales más transitadas y conocidas. La costa mediterránea es muy extensa, y vigilarla en su totalidad es imposible. Miles son las calas y cuevas aptas para ocultarse. Poco pueden hacer las autoridades al respecto.
Los barcos mercantes suelen echar anclas durante la noche –la navegación nocturna es sumamente arriesgada-, y así, inadvertidos del peligro, son asaltados por los piratas que aprovechan la sorpresa y la nocturnidad. Una vez apresado el barco, suele llevarse al escondite para su tranquilo saqueo.

Atacando la costa
A veces, los piratas se agrupan temporalmente en grupos de cierto tamaño, atacando pequeñas poblaciones costeras. Por ello, a lo largo de la costa no es raro observar atalayas de vigilancia y cercados pétreos para entorpecer a estos bandoleros marinos. Los lugareños suelen comunicarse con señales -luminosas durante la noche y humo durante el día-.

Supersticiones habituales entre todos los marinos
  • Soñar la noche anterior a la partida con divinidades marinas, con Venus, con los Dioscuroi, puertos, ciudades, ríos, incluso con ser crucificado –la cruz está hecha del mismo material que los barcos-, es buen presagio; de lo contrario, soñar con animales salvajes, como jabalíes, toros, cabras, aves nocturnas, es mal augurio.
  • Durante la partida del navío del puerto es de mal augurio que un cuervo se pose en su arboladura, y más aún si este grazna.
  • Cuando el barco abandona el puerto es recomendable que los familiares de los marinos alcen sus voces con oraciones y palabras de buenaventura, acallando los más que posibles sollozos de los que se quedan en tierra.
  • Al ascender por la pasarela de embarque es de mal augurio pisar el barco con el pie izquierdo, mirar hacia atrás o estornudar.
  • En lo alto de los mástiles se coloca piel de hiena o foca, las cuales tienen la propiedad sobrenatural de evitar los rayos y relámpagos.
  • Encallar en el puerto por algún bajío es de mal augurio, desaconsejándose el viaje ese día.
  • Durante la travesía no es propicio escupir al mar o hacer las necesidades por la borda; así como practicar sexo a bordo.
  • Cortarse el pelo o las uñas con el mar en calma; en el caso de tormenta, es propicio cortarse las uñas y raparse el pelo ofrendándolo a Neptuno, especialmente en el caso de un naufragio inminente.

Dioscuri, patronos contra los piratas
Las divinidades Castor y Pólux se consideran garantes de la seguridad en los viajes marítimos, y por lo tanto, contrarias y hostiles a los piratas. Los navegantes suelen ofrecerles sacrificios antes de comenzar sus travesías.

Ludo alea: los devotos marinos que realicen un sacrificio en honor a estas divinidades, o aquellos que denominen a sus navíos con sus nombres, pueden, a discreción del Iniciador, hacer uso de la Simbología de los Precursores, tal y como se detalla en Arcana Mvndi Edición Integral página 227. Obviamente, no es útil para aquellos que se dedican a la piratería.

Los dioscuri, los gemelos de Zeus
Hijos de Zeus y Leda, esposa del rey espartano Tindáreo. Hermanos de Helena de Troya y Clitemnestra. Se les conoce como los dioscuri –hijos de Zeus-, o bien como tindáreos, en relación a su parentesco mortal. En la mitología participaron en la cacería del jabalí de Calidón, fueron parte de la tripulación del Argo –y por lo tanto, argonautas-, entre otros mitos. En la tradición romana se les tiene especial consideración, al participar, según el mito, en la Batalla del Lago Regilo, ayudando a la joven república romana. Expertos jinetes, cazadores, luchadores, pugilistas y navegantes. Son divinidades populares en todos los estamentos sociales. Se les suele representar como dos jóvenes en la plenitud de la vida, con estrellas bordadas en sus gorros, casi siempre montando a caballo y portando lanzas, ya sea mostrando su ferocidad guerrera o cazadora. Se les asocia con la constelación de Géminis.

Recomendación del autor
Al lusitor o Iniciador que no tenga problemas para entender la bárbara lengua inglesa, le recomiendo lea Piracy in the Graeco-Roman World, de Philip de Souza, una gran obra sobre la piratería en aquellos tiempos pretéritos y salvajes, donde el mar estaba habitado por aladas sirenas y Neptuno nadaba a sus anchas.