
Otra fabula brevis para el Arcana, aunque en realidad puede estar ambientado en cualquier época. Recordad: ni siquiera los niños son de fiar en Arcana, pues son capaces de ver lo que un adulto simplemente se niega a ver. Espero os guste este pequeño relato y veáis a los niños como lo que son: inocentes criaturitas...
-¡Corre niña, corre!- gritaba el hombre gris. Asustada pero decidida la niña corrió todo lo que pudo, pero el hombre gris siempre estaba a la misma distancia, burlándose de ella, con su sonrisa y sus dientes ennegrecidos, de los que brotaban una risa demente. La casa era inmensa pero él siempre la encontraba. No importa donde se escondiese. Él sabía donde estaba oculta, incluso conocía su refugio secreto.
El hombre gris era una extraña compañía para una niña de solo siete años, ella lo recordaba desde siempre. Al principio cuando lo encontró en el sótano se asustó, pues el hombre gris tenía un aspecto extraño, melancólico y en ocasiones puede decirse que temible pese a llorar a menudo. Pero ella sabía como tratarlo, le gustaba jugar con él a juegos de niños. Pues aunque el hombre gris era un adulto se comportaba como un buen niño, un poco travieso, cruel incluso, pero como un niño al fin y al cabo.
Ella nunca había sido una niña agraciada, su aspecto era motivo de burla y repulsa por parte de los adultos y los niños. Ni siquiera sus padres podían reprimir un desagradable gesto cuando la veían, pese a sus inútiles intentos por disimularlo. Cuando era muy pequeña, una descuidada ama de llaves no tuvo cuidado con un fuego en el hogar, y el pequeño vestido de la niña ardió, afectándole parte del pecho, el cuello, y la mitad izquierda del rostro. La mujer fue expulsada de la casa, pero los médicos no pudieron reparar lo que había destruido por su descuido. Pero a la niña no le importaba porque durante su reclusión en la casa –pues sus padres la ocultaron al mundo, avergonzados- conoció al hombre gris y ambos se contaron muchos y oscuros secretos. La niña le prometió guardarlos pero si le hacía un favor. El hombre gris, sonrió mostrando sus negros dientes. –Lo que tú quieras mi niña- le aseguró. -La ama de llaves es una mujer mala. Me pegaba. Me insultaba.- dijo la niña mintiendo tímidamente, aunque un extraño brillo asomaba en sus oscuros ojos. El hombre gris comprendió y durante varias noches la niña esperó su vuelta, inquieta, impaciente, fantaseando.
Una mañana sus padres se acercaron y casi entre dientes le dijeron que el ama de llaves había muerto. –Hija, tu antigua nodriza, ha muerto. Pero no te preocupes murió tranquila en su cama.- La niña sonrió, pues sabía que eso era mentira. Seguro que no lo había pasado muy bien antes de morir, el hombre gris era amable solo con ella. Era su amigo, de nadie más.
Por la noche apareció, estaba más somnoliento que de costumbre. Esa noche hicieron muchas travesuras, como asustar al viejo portero. Nadie aparte de ella era capaz de ver al hombre gris, por eso cuando él movía los muebles o blandía un cuchillo en el aire, la gente creía que allí no había nadie. A la niña le parecía muy gracioso.
Los días pasaban y la niña veía como sus padres no la dejaban salir a la calle. Por mucho que gritase, se tirase de los pelos o llorase, los padres no la dejaban corretear junto a los demás niños.
Pero la niña se cansó y le dijo al hombre gris. –Mis padres son malos. No me dejan jugar con otros niños. Además, dicen que tú no existes. Que eres un amigo que solo está en mi cabeza.- El hombre gris comprendió y se fue sonriendo como siempre hacía antes de una de sus grandes travesuras.
Al día siguiente la niña buscó a sus padres por toda la casa. No estaban. Se vistió ella sola, muy contenta, y salió a la calle. Todo el mundo la miraba de una forma extraña. Seguro que admiran mis ropas, son muy bonitas, pensó. Y caminando y caminando llegó a un lugar donde varios niños jugaban con unos ratones. Habían construido unos barcos con unas maderas, los introducían en una fuente. Los ratones hacían de intrépidos marineros. ¡Que divertido! Pensó la pequeña. Al acercarse los niños se burlaron de ella. De su extraño rostro. Ella, encolerizada y triste llamó al hombre gris, pero este no apareció. Más colérica aún le amenazó con contar sus secretos, lo que motivaba aún más las risas de los crueles niños. Aunque era un día soleado unas nubes habían tapado la luz del sol, como presagio divino de la inmediata calamidad. Justo detrás de la niña apareció una nebulosa figura, parecía humana pero medía casi tres metros de alto. Una sucia bruma que podría decirse salida del Hades. El rostro de aquel ser era horrible. Un rostro blanquecino, cadavérico, sus dientes, alargados y ennegrecidos, su apestosa boca castigada llena de llagas. Se abalanzó con gran rapidez como si fuese un animal salvaje sobre los niños, paralizados por el terror. En unos instantes la mitad de ellos yacían ahogados en la fuente, teñida ahora de un color acre. La otra mitad había huido del lugar. La niña se dio por satisfecha y volvió a casa entonando una canción fúnebre. –Mañana saldremos otro ratito. Hoy me he divertido… Sabes, eres un gran amigo, en verdad el único que tengo.-
Dentro de su casa la niña era feliz, siempre jugando con su amigo. No entendía porque todos habían abandonado la casa, el anciano portero, los dos criados, la cocinera,… pero no importaba, todo lo que necesitaba se lo regalaba su amigo. Le traía las cosas por la noche, cuando él estaba más contento: comida, bonitas ropas de niña, brillantes joyas. Y todo porque ella se lo pedía. Si no él ya sabía lo que haría. Contaría su gran secreto a la gente.
Comentarios
Muy buen relato. Espero impaciente el próximo.
Criaturitas...